En Alto Adigio se dice: “O naces agricultor o te casas con un agricultor”. Othmar Malleier es una excepción. Era litógrafo y no se casó para hacerse agricultor. Cuando las máquinas para imprimir empezaron a reemplazar su trabajo, encontró una nueva vocación en la naturaleza. Junto con un amigo, construye un vivero. Con todo el corazón y dedicándole mucho tiempo. Los días, las horas y los segundos pasan rápido. Le queda demasiado poco para su familia. Al final, vende el vivero y compra un trozo de tierra a poca distancia de su casa. Othmar se convierte en agricultor a media jornada. Además, cuida de un jardín y trabaja de guía durante más de diez años, también en unos jardines: los famosos de Castel Trauttmansdorff, en Merano.

En 1995 todo cambia de repente. La pequeña Magdalena, su hija, está jugando en el campo de manzanos con las ramas que encuentra por el suelo. El mismo campo que poco antes Othmar ha rociado con productos fitosanitarios convencionales. Es como un rayo que le atraviesa la conciencia. Cambia completamente de manera de pensar y cultivar: en su campo los niños deberían poder jugar sin preocupaciones en todo momento. Y se convierte a la agricultura ecológica.

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“Sueño con un evento que conciencie a la gente sobre la agricultura ecológica.”

Su campo de manzanos está junto a un sendero. La gente que pasa le pregunta cada vez más a menudo: “¿Qué tiene de especial un campo ecológico?”. Entre manzanos, abonos verdes, matorrales, montones de leña, piedras y ramitas, hay mucho que contar. Y si a Othmar le quedara algo de tiempo libre entre su familia, el trabajo y los huéspedes de su pensión, Aronia, contestaría a todas las preguntas. Esa falta de tiempo hace que se le ocurra una idea: Othmar, el litógrafo de un tiempo y un motivador nato, concibe un cartel que lo explique todo sobre su campo ecológico. Al poco tiempo sus compañeros de profesión le encargan otros carteles para sus campos. Pero Othmar ya mira hacia otra parte: “Sueño con un evento que conciencie a la gente sobre la agricultura ecológica”.

La distinción es algo innato en el carácter de Othmar. Cultivar únicamente manzanas en sus prados no es suficiente para él: gracias a su pasión por la jardinería hace que florezcan malvas, girasoles y abonos verdes. También planta matorrales en torno a los árboles frutales, judías e incluso melocotones. Solo queda libre una franja de tierra en el centro. Othmar riega la zona del huerto con té de hierbas. Manzanas, otras frutas, verduras y flores: cuánta diversidad puede haber en una explotación comercial.

Othmar explica por qué: “Desde su fundación, las nuestras no son solo cooperativas de manzanas, sino de fruta. Se podría empezar a reflexionar sobre cómo completar el monocultivo de la manzana”. Un hombre franco. Pero sobre todo concreto, en particular con los números: entre un 70% y un 80% de manzanas por finca, esa sería su idea. ¿Y el resto? Además de lo ya citado, en sus prados encuentran espacio también cultivos exóticos como las bayas de aronia y los kiwis mini. Aunque sabe que falta todavía una verdadera tradición en el cultivo de estos frutos.

A menudo intenta abrirles los ojos a sus compañeros de profesión sobre los beneficios de la diversidad. Porque un paisaje caracterizado exclusivamente por plantaciones de manzanos y viñas en cada ladera de las montañas de Alto Adigio no encaja demasiado con el colorido mundo de Othmar. Ni de ayer ni de mañana.

Al margen de la decisión que se tome, el futuro para él está en la agricultura ecológica a pequeña escala. Y en la calidad de los frutos. Sin dejar de lado la sostenibilidad de las acciones. Esta filosofía la vive tanto con pasión como con el uso de la razón, para hacer un mundo un poco más a medida de sus nietos, por lo menos.