Julio de 2017, proximidades de Termeno. Alrededor de la mesa, bajo una pérgola entre manzanos, está reunido un puñado de hombres. En el hornillo silba una cafetera. Se siente el perfume del verano. Y del café. En el plato espera una tarta de manzana casera ya lista. ¿Qué más se puede pedir? Una ligera brisa desgreña los cabellos blancos de uno de los hombres, que se acaricia la barba antes de pronunciar las siguientes palabras: “Primero se cambia en la manera de pensar, luego en los campos.”. ¡Boom! Hartmann Calliari sabe cómo encerrar toda su filosofía y la mitad de su vida en una sola frase, desde luego.

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Fue uno de los primeros en dedicarse a la agricultura ecológica, y actualmente es el vicepresidente de la cooperativa Biosüdtirol. La charla bajo su pérgola se centra en el cultivo de manzanas en Alto Adigio, los difíciles inicios y la cooperativa: “Todo empezó a partir de una idea de seis hombres obstinados: comercializar juntos manzanas cultivadas en ecológico”. Esto ocurría en el año 1990. Ahora la cooperativa cuenta con más de 200 agricultores que, día a día, cultivan sus fincas y sus campos junto con sus familias de manera ecológica. “Determinados y obstinados como al principio. Y trabajando en las mismas fincas de pequeñas dimensiones, como entonces”, explica Hartmann.

La historia preferida de Hartmann es la de Biosüdtirol. El salto al vacío. Él ha experimentado las dificultades de los nuevos inicios, la reticencia en el pueblo, las dudas de algunos miembros de la familia (y las de uno mismo). Como todos los pioneros, sabe el desafío que supone reinventarse empezando de cero. Tiene presentes los riesgos, todavía siente la fatiga de pedir garantías para las cajas de manzanas y envasarlo todo con tus propias manos. Pero también sabe la alegría que se siente cuando una idea se acaba convirtiendo en un éxito: “Fue una sensación preciosa poderle demostrar a mi padre, junto a mi mujer, que el cultivo ecológico funciona también con las manzanas”.

“Primero se debe cambiar de forma de pensar, y solo entonces de forma de cultivar.”
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Hartmann trabaja por esta idea desde hace muchos años con otros hombres obstinados, espíritus afines a él. La firmeza y la apertura hacia nuevas ideas, y hacia la gente en general, son típicas de él. Sabe que nada permanece siempre igual: por una vez, cuenta sonriendo, los “jóvenes” le han enseñado algo. Por otra parte, a menudo comparte su propia experiencia con quienes piensan como él. Y con todos los agricultores que quieren convertirse a la agricultura ecológica. Sobre todo a estos últimos les infunde en el corazón y en la mente el principio que lo guía: “Primero se debe cambiar de forma de pensar, y solo entonces de forma de cultivar”. De esta manera se logra digerir mejor los primeros reveses. Mientras, en el campo del fondo, a sus espaldas, los primeros frutos esperan ya a ser recolectados.

Junio de 2018. Hartmann acompaña a un grupo de jóvenes agricultores ecológicos por una autovía de Alto Adigio. De repente le suena el móvil. Su hija Alma le ha enviado unas fotos de los manzanos. “¡Vaya!” Roña. Se trata de una infección por hongos que se extiende por el tejido de la piel de la manzana. Ha aparecido en uno de sus campos. Pero Hartmann encuentra enseguida una solución que comparte con sus jóvenes compañeros: “El año próximo seré todavía más preciso en las épocas de lluvias. Por lo general, rociar con azufre y cal de forma localizada previene este tipo de infecciones”.

Es algo típico de Hartmann: cuando empieza a hablar de los manzanos, no hay quien lo pare. Su hijo Clemens y sus amigos no celebrarán la selectividad en la ciudad sino en casa. Los jóvenes agricultores están entusiasmados y Hartmann recluta enseguida a uno de ellos como cantinero para la fiesta. ¡Adjudicado! Por cierto, esta no tendrá lugar ni en la taberna ni en el jardín, sino bajo la pérgola entre manzanos. El porqué es evidente: para la familia Calliari los campos de manzanos no son solo el lugar donde se recolectan las manzanas, son su sala de estar.