La familia Kasseroler lleva una hacienda en Frangarto desde 1834. En 1907, el abuelo de Karl decidió trasladarla unos metros más abajo y construyó la finca Stricker. Un lugar panorámico, desde donde se pueden observar el Massiccio dello Sciliar, el Corno del Renon y el Gruppo Tessa. Y no solo eso. Gracias a su ubicación especial, la finca recibe la luz y el calor del sol durante todo el año: de seis a quince horas al día, dependiendo de la estación. En verano tiene luz desde las seis de la mañana hasta las nueve y media de la noche: así es cómo podríamos imaginarnos el Paraíso.

En este rincón soleado crecen uva, cerezas, albaricoques y manzanas en abundancia. Por otra parte, el abuelo de Karl ya comercializaba su vino, exactamente como hace él hoy en día. La diferencia es que a la Schiava y la Lagrein, dos variedades clásicas, se han añadido otras seis, entre las que se cuentan también algunas PIWI, es decir vides resistentes a los hongos. En lo que respecta a las manzanas, a los Kasseroller les gustan en especial la Gala, la Topaz y la Natyra®. Y mucho más allá de los límites de sus campos son conocidos como auténticos pioneros: de hecho, en 1992 fueron de los primeros en decidir proteger los manzanos con mallas antigranizo y contra las quemaduras. Pero siempre han evitado cubrir con esas mismas mallas los árboles que se encuentran cerca de la iglesia, lo que demuestra su sensibilidad: una decisión estética, no económica, pues desean preservar la belleza del paisaje en el que viven.

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Los intereses de Karl van mucho más allá de su finca y tienen un fuerte impacto en la comunidad de su pueblo. De hecho, es un hombre ligado a las asociaciones: miembro fundador de la Cappella Musicale Frangarto, desde hace más de cincuenta años forma parte de los Schützen y desde hace todavía más tiempo del grupo de bailes tradicionales. Además de todo esto, Karl también tiene un papel protagonista en la asociación de música popular y en la de los campesinos. Un compromiso que le ha valido la condecoración al mérito del Tirol, distinción que se concede a los tiroleses del norte y del sur por los servicios especiales que prestan a sus comunidades.

“Entre los primeros agricultores ecológicos se respiraba un compañerismo increíble, que incluía desde el primer momento a los últimos en llegar, como yo, que estaban a punto de emprender su camino en la agricultura ecológica.”

Tener siempre en mente esa perspectiva y actuar de forma sostenible: esta pauta de conducta tiene una gran influencia en la vida de los Kasseroler, ya sea en las asociaciones o en la finca. No por casualidad, desde hace más de treinta años el mismo apicultor lleva sus abejas del Val Badia a los frutales de Strickerhof. Sobre todo durante la época de la floración del manzano, estas trabajan diligentemente en los campos polinizando las plantas. Y a los Kasseroller les gusta contar con la colaboración de los animales. Como en el caso de las gallinas, que además de proporcionar huevos mantienen alejadas a las orugas de las vides y a las moscas de los cerezos. Para la familia Kasseroler, “bio” es más que una palabra de fachada: “Es el mismo ciclo de la vida”.

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La economía circular se ramifica siguiendo muchas directrices, en Strickerhof. Los objetos históricos se reutilizan para darles una nueva vida. El mobiliario del salón es de madera de cerezo procedente del bosque familiar. En cambio, el de la tienda de la finca está elaborado con madera de los manzanos. El suelo está compuesto por duelas que tienen más de cien años a sus espaldas, como demuestran las manchas de vino tinto que resaltan por su brillo sobre la madera antigua, esparcidas por todas partes. Por último, el baño de la tienda también presenta una peculiaridad: está ubicado en el interior de un antiguo barril de vino.

En lo que se refiere al trabajo, en la finca Stricker uno no se aburre nunca. Sobre todo en septiembre, durante la época de la cosecha de las dos variedades resistentes de manzana Topaz y Natyra®. De hecho, suele coincidir con la vendimia, por lo que se recolectan las uvas durante dos horas por la mañana y el resto del día se dedica a las manzanas. “Todo es cuestión de planificación”, explican desde lo alto de su experiencia Karl y su mujer Josefine. A los dos padres les produce mucha satisfacción que la siguiente generación ya esté en la línea de salida. Y pronto estará en los campos y la bodega: de hecho, el más joven de sus hijos se está especializando en viticultura y enología en Geisenheim, Alemania, y seguirá con la tradición familiar en Strickerhof.

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