La finca Runstnerhof aparece por primera vez en los documentos en 1360. A pesar de la larga historia que tiene detrás, la familia de agricultores Zischg siempre ha estado acostumbrada a reinterpretar la tradición. No es el primogénito, sino Georg, el segundo en edad, quien se hace cargo de la finca. Así, su deseo se vuelve realidad. Y es que, a los ocho años, Georg ya había escrito en un dibujo: “Mi padre es agricultor y a mí también me gustaría serlo algún día”.

Cuando toma el mando, a Georg le intriga la idea de pasarse a la agricultura ecológica. Poco después, junto con su esposa Carmen y sus hijos Jana y Fabian, toma la decisión y convierte la finca. Como agricultor integrado, Georg combate las plagas con insectos beneficiosos antes de aplicar productos fitosanitarios. Limpia las franjas de árboles mecánicamente con cepillos y no con herbicida. De hecho, le encanta el verde de los manzanos.

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Como agricultor ecológico, Georg hace todo lo posible por mantener el equilibrio de la naturaleza, fomentando la vida del suelo y manteniendo el vigor de los árboles. “Además del trabajo en el campo, la formación que imparten las asociaciones ecológicas y la experiencia de otros agricultores ecológicos representan una buena fuente. Todo esto me ayuda a reaprender el principio de causa y efecto de una manera nueva".

Si tienes un buen equipo, el trabajo sale mejor. Con esta convicción, la familia Zischg confía desde hace tiempo en la tecnología. Las tijeras eléctricas facilitan la poda manual de los árboles en invierno, la plataforma eléctrica se utiliza durante todo el año y la Pluk-O-Trak se emplea para la cosecha. Las cintas transportadoras situadas a diferentes alturas en la cosechadora depositan cuidadosamente las manzanas recogidas a mano en la caja. Esto les salva la espalda a los recolectores y permite transportar las manzanas con sumo cuidado.

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Gala, Golden, RedPop®, Granny Smith, Braeburn, Fuji y Pink Lady®. En la Runstnerhof recolectan cada variedad en varias pasadas. Esto requiere tiempo, pero así las manzanas saben mejor, porque solo se recogen las más maduras. Desde hace años, los Zischg trabajan con los mismos recolectores: un grupo de Eslovaquia que lleva con ellos más de veinte años. Se trata de hombres y mujeres que trabajan como albañiles, vendedores, ingenieros, lavanderas o en la fábrica de acero, y que se cogen vacaciones para recolectar manzanas. Además de su salario, reciben el reconocimiento y el cariño de la familia Zischg. Carmen se toma el tiempo necesario y cocina para todos. Cuando uno de sus compañeros de trabajo más antiguos se casó, hace unos años, los Zischg viajaron en coche hasta el noreste de Eslovaquia para celebrarlo con él.

Tres generaciones de Zischg trabajan entre los manzanos. Hanspeter, el padre de Georg, se ocupa de la finca durante todo el año, y durante la cosecha se unen también Jana y Fabian. Fabian está haciendo prácticas en el sector agrícola y un día podría representar a la próxima generación a cargo de la finca. Gracias a este apoyo, a Georg le da tiempo a trabajar para la comunidad del pueblo como teniente de alcalde y como presidente de la banda de música.

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“La monotonía cansa. En cambio, la diversidad y la comunidad revigorizan”. Georg Zischg

Georg es un apasionado y atento observador del trabajo de la naturaleza y de la tradición agrícola familiar de Alto Adigio. Sus compañeros austriacos y alemanes le preguntan a menudo cómo se las arreglan allí las pequeñas fincas para sobrevivir. Para Georg, hay tres factores decisivos: “La cohesión dentro de las familias, el clima alpino-mediterráneo y la comercialización conjunta a través de cooperativas”.

Georg no ha encontrado la combinación de estas tres características especiales en ninguno de sus viajes. Impulsados por la filosofía del “vive y deja vivir”, a los Zischg les gusta moverse por distintos países en caravana. Se sumergen en diferentes culturas, se relajan y abren la mente. Sus viajes les inspiran a la hora de crear un lugar en la finca donde la gente pueda conocer y experimentar la agricultura.

“Sé tú mismo, todo lo demás ya existe”. Este es el lema de Carmen en el día a día con su familia.

¿Una pequeña tienda? ¿Una taberna con cocina típica? Los Zischg tienen otra idea: uno de los primeros cafés en una finca de Alto Adigio. Carmen transforma, con gran atención a cada detalle y mucho trabajo manual, la bodega y el patio interior en un oasis de bienestar. Elige con cariño mesas, sillas y sillones para el interior y el exterior. Los muebles no son nuevos: o bien llevan tiempo en la finca o bien proceden del rastro. Cada pieza tiene su propia historia. A todo esto, Martha, la madre de Georg, añade lámparas y estatuas que ha creado en su estudio de la Runstnerhof.

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Los huéspedes son recibidos con comida casera para recargar las pilas, como zumos a base de manzana, siropes, galletas, pan y cruasanes. El speck, la coppa y el Kaminwurzen están hechos por un campesino local que vive en la montaña. Todo es del terreno, pues es ecológico.

Pararse a tomar un relajante café, sentarse en una mesa a leer un libro o hablar de agricultura con la familia Zischg: la finca Runstnerhof es un colorido lugar de encuentro en Alto Adigio, que ensalza a la comunidad y ama la diversidad.

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